No puedo dejar el último día del mes sin escribir algunas ideas, aunque sólo sea por tratar de imponerme una disciplina elemental:
Me parece que en estos días somos ‘bombardeados’ por tantas e intensas impresiones que resulta difícil procesarlas, digerirlas y tratar de ponerlas por escrito. Supongo que en otras épocas las emociones generadas por la interacción humana eran igualmente intensas, pero creo que nunca habían sido tan variadas y sujetas al avance tecnológico. Me pregunto si en esas épocas había un espacio más apropiado para la reflexión o si sólo soy yo quien busca un pretexto para justificar mi falta de disciplina y mi incapacidad para asimilar lo que sucede a mi alrededor.
He descubierto que el único remedio realmente efectivo que puede aliviar los malestares causados por la calvicie prematura es una serena resignación, pues como dijo un amigo, “lo único que detiene la caída del cabello es el suelo”.
Thursday, January 31, 2008
Un par de ideas desconectadas
Sunday, December 9, 2007
Hay frases que sólo se pueden escuchar en una ciudad como Los Ángeles. En días pasados, mientras comía, una señora pidió “una torta de milanesa con no chile”. No, no me equivoqué, la orden fue “con no chile”, por decir sin chile, sin embargo el cocinero lo entendió perfectamente y transmitió la indicación a su ayudante en los mismos términos.
Hay quienes consideran que el spanglish es una nueva expresión cultural y que, como tal, debe dársele su lugar y respetar a quienes se expresan de esta forma, lo que sin duda es un principio de tolerancia e inclusión, sin embargo, hay frases que me parecen una distorsión del lenguaje y, en casos como el mencionado anteriormente, un sinsentido.
Hay quienes consideran que el spanglish es una nueva expresión cultural y que, como tal, debe dársele su lugar y respetar a quienes se expresan de esta forma, lo que sin duda es un principio de tolerancia e inclusión, sin embargo, hay frases que me parecen una distorsión del lenguaje y, en casos como el mencionado anteriormente, un sinsentido.
Thursday, December 6, 2007
Friday, November 30, 2007
NENA Miguel Bose y Paulina Rubio
Alegrante!!!! (Nuevo término de la Real Academía de la Lengua Española)
Tuesday, November 27, 2007
Fiesta de quince años en East LA
Hace algunos días fui a la fiesta de una quinceañera en el Este de Los Ángeles, lo cual debería de decir por sí mismo muchas cosas para quienes conocen esa zona de la ciudad.
No es que la celebración en sí sea un hecho excepcional, particularmente en California donde vive un significativo número de mexicanos que mantienen vivas las costumbres de nuestro país, sino el sincretismo cultural entre lo mexicano y un diverso número de culturas surgidas en Estados Unidos, producto de otras mezclas no menos sui generis.
Lo curioso fue observar, dentro de este sincretismo, una especie de confrontación entre dos generaciones, la de mexicanos nacidos “allá”, y la de los mexicanos nacidos “aquí”. La quinceañera, enfrentada con sus padres por este “conflicto” generacional, daba la impresión de celebrar su cumpleaños más por complacer a sus progenitores que por el deseo de ser festejada; en ocasiones parecía sentirse incómoda o avergonzada ante sus amigos por el ritual de rigor, o de repente se le veía confundida, como si tratara de descifrar o entender el significado de la fiesta.
El vals ejemplificó de manera clara la confrontación generacional. Todos los chavos, contemporáneos de la festejada, tenían una noción escasamente elemental del baile, nula coordinación, pero sobre todo falta de ganas; los chambelanes tratando de sobrevivir a la corbata, y las damas de honor luchando por mantenerse de pie con las zapatillas de finos y largos tacones, rara vez intercambiaron una mirada y apenas si puedo recordar alguna sonrisa en sus rostros, posiblemente estaban nerviosos, pero parecían más bien aburridos.
Fuimos los invitados quienes disfrutamos del “espectáculo”. Indudablemente los padres de la quinceañera, en cuyos rostros se apreciaba la satisfacción de poder celebrar los 15 años de su pequeña, y de cumplir con ese ritual que simboliza, según entiendo, la presentación de la hija, quien ha dejado de ser una niña, ante la sociedad, miraban extasiados a su “retoño”, y por supuesto fueron los primeros en bailar con la quinceañera una vez acabada la pieza principal. El resto de los familiares e invitados veíamos con nostalgia a los apáticos bailarines rememorando, en mi caso, la adolescencia y mis épocas de chambelán, y en otros se percibía la añoranza por sus lugares de origen, en donde asistieron, seguramente, a muchas celebraciones de este tipo. Finalmente, la generación de “los nacidos aquí” veían con cierto escepticismo a su amiga, a quien no reconocían en el pomposo vestido en que estaba metida, pero además, a las chicas se les notaba cierta preocupación, pensando en que pronto sería su turno.
Después vino el baile moderno, una costumbre que se ha venido generalizando últimamente en las fiestas de quince años. Los chavos se despojaron de sus inverosímiles vestiduras y se pusieron algo más cómodo, los chambelanes regresaron a los holgados, pero muy holgados jeans, y las damas de honor optaron por un ajustado short y una pequeña blusa conocida como ombliguera. Al ritmo del reggaeton me di cuenta de que los bailarines no carecían de gracia para el baile, como lo pensé en un primer momento, por el contrario, las chicas movían las caderas con una cadencia alucinante, y hasta los apáticos chambelanes se mostraban animados, logrando una coordinación no vista en el vals tradicional. La generación de los de aquí se sentía en su ambiente.
El resto de la fiesta se desarrolló de manera similar a lo que fue el ritual del vals. En intervalos de 15 a 20 minutos, el DJ intercalaba música regional mexicana, banda y norteño principalmente, con reggaeton y otros géneros de moda, propios de la juventud latina en Estados Unidos. De este modo ambas generaciones compartieron la pista sin contratiempos que lamentar, cuando sonaban los ritmos mexicanos, la generación de “allá” ocupaban la pista mientras que la de los de “aquí” esperaban pacientes su turno; y cuando retumbaban las notas inconfundibles del reggaeton, los de “aquí recuperaban la pista, y los de “allá” la abandonaban tranquilamente, agradeciendo la oportunidad para recuperar el aliento y tomarse otra cerveza.
Para concluir, me generó mucha melancolía presenciar esta celebración, no sólo por los recuerdos de la adolescencia ida, sino por atestiguar el tesón de mis paisanos por preservar estas tradiciones, por su infranqueable determinación a no renunciar a ellas, y por su testarudez de conservarlas a pesar, muchas veces, de los mismos festejados. En este país en el que se han establecido y que les ha brindado la oportunidad de ofrecerles un mejor porvenir a sus hijos, se siguen sintiendo ajenos, y son estas tradiciones las que le dan un sentido de pertenencia a sus vidas, y se aferran con tanta fuerza a ellas porque de perderlas se perderían a sí mismos.
Es por esto que “acá” se festejan con tanto entusiasmo las tradiciones mexicanas, no es gratuito que el Grito de Independencia se celebre con mayor fervor que en muchas ciudades de México o que las fiestas de quince años conserven, aún con la confrontación generacional, una inocencia y candidez que se ha venido perdiendo en nuestro país. Ante el proceso de modernización, globalización y norteamericanización (escoja usted) de la sociedad mexicana, no me extrañaría que uno de los últimos bastiones de nuestras tradiciones fuera esta ciudad de Los Ángeles California.
Por cierto, no hubo discurso del padrino, lo cual lamento profundamente.
No es que la celebración en sí sea un hecho excepcional, particularmente en California donde vive un significativo número de mexicanos que mantienen vivas las costumbres de nuestro país, sino el sincretismo cultural entre lo mexicano y un diverso número de culturas surgidas en Estados Unidos, producto de otras mezclas no menos sui generis.
Lo curioso fue observar, dentro de este sincretismo, una especie de confrontación entre dos generaciones, la de mexicanos nacidos “allá”, y la de los mexicanos nacidos “aquí”. La quinceañera, enfrentada con sus padres por este “conflicto” generacional, daba la impresión de celebrar su cumpleaños más por complacer a sus progenitores que por el deseo de ser festejada; en ocasiones parecía sentirse incómoda o avergonzada ante sus amigos por el ritual de rigor, o de repente se le veía confundida, como si tratara de descifrar o entender el significado de la fiesta.
El vals ejemplificó de manera clara la confrontación generacional. Todos los chavos, contemporáneos de la festejada, tenían una noción escasamente elemental del baile, nula coordinación, pero sobre todo falta de ganas; los chambelanes tratando de sobrevivir a la corbata, y las damas de honor luchando por mantenerse de pie con las zapatillas de finos y largos tacones, rara vez intercambiaron una mirada y apenas si puedo recordar alguna sonrisa en sus rostros, posiblemente estaban nerviosos, pero parecían más bien aburridos.
Fuimos los invitados quienes disfrutamos del “espectáculo”. Indudablemente los padres de la quinceañera, en cuyos rostros se apreciaba la satisfacción de poder celebrar los 15 años de su pequeña, y de cumplir con ese ritual que simboliza, según entiendo, la presentación de la hija, quien ha dejado de ser una niña, ante la sociedad, miraban extasiados a su “retoño”, y por supuesto fueron los primeros en bailar con la quinceañera una vez acabada la pieza principal. El resto de los familiares e invitados veíamos con nostalgia a los apáticos bailarines rememorando, en mi caso, la adolescencia y mis épocas de chambelán, y en otros se percibía la añoranza por sus lugares de origen, en donde asistieron, seguramente, a muchas celebraciones de este tipo. Finalmente, la generación de “los nacidos aquí” veían con cierto escepticismo a su amiga, a quien no reconocían en el pomposo vestido en que estaba metida, pero además, a las chicas se les notaba cierta preocupación, pensando en que pronto sería su turno.
Después vino el baile moderno, una costumbre que se ha venido generalizando últimamente en las fiestas de quince años. Los chavos se despojaron de sus inverosímiles vestiduras y se pusieron algo más cómodo, los chambelanes regresaron a los holgados, pero muy holgados jeans, y las damas de honor optaron por un ajustado short y una pequeña blusa conocida como ombliguera. Al ritmo del reggaeton me di cuenta de que los bailarines no carecían de gracia para el baile, como lo pensé en un primer momento, por el contrario, las chicas movían las caderas con una cadencia alucinante, y hasta los apáticos chambelanes se mostraban animados, logrando una coordinación no vista en el vals tradicional. La generación de los de aquí se sentía en su ambiente.
El resto de la fiesta se desarrolló de manera similar a lo que fue el ritual del vals. En intervalos de 15 a 20 minutos, el DJ intercalaba música regional mexicana, banda y norteño principalmente, con reggaeton y otros géneros de moda, propios de la juventud latina en Estados Unidos. De este modo ambas generaciones compartieron la pista sin contratiempos que lamentar, cuando sonaban los ritmos mexicanos, la generación de “allá” ocupaban la pista mientras que la de los de “aquí” esperaban pacientes su turno; y cuando retumbaban las notas inconfundibles del reggaeton, los de “aquí recuperaban la pista, y los de “allá” la abandonaban tranquilamente, agradeciendo la oportunidad para recuperar el aliento y tomarse otra cerveza.
Para concluir, me generó mucha melancolía presenciar esta celebración, no sólo por los recuerdos de la adolescencia ida, sino por atestiguar el tesón de mis paisanos por preservar estas tradiciones, por su infranqueable determinación a no renunciar a ellas, y por su testarudez de conservarlas a pesar, muchas veces, de los mismos festejados. En este país en el que se han establecido y que les ha brindado la oportunidad de ofrecerles un mejor porvenir a sus hijos, se siguen sintiendo ajenos, y son estas tradiciones las que le dan un sentido de pertenencia a sus vidas, y se aferran con tanta fuerza a ellas porque de perderlas se perderían a sí mismos.
Es por esto que “acá” se festejan con tanto entusiasmo las tradiciones mexicanas, no es gratuito que el Grito de Independencia se celebre con mayor fervor que en muchas ciudades de México o que las fiestas de quince años conserven, aún con la confrontación generacional, una inocencia y candidez que se ha venido perdiendo en nuestro país. Ante el proceso de modernización, globalización y norteamericanización (escoja usted) de la sociedad mexicana, no me extrañaría que uno de los últimos bastiones de nuestras tradiciones fuera esta ciudad de Los Ángeles California.
Por cierto, no hubo discurso del padrino, lo cual lamento profundamente.
Monday, November 26, 2007
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